Dícenme, don Jerónimo, que dices
que me pones los cuernos con Ginesa;
yo digo que me pones cama y mesa;
y en la mesa, capones y perdices.
Yo hallo que me pones los tapices
cuando el calor por el otubre cesa:
por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,
aunque con molde de oro me la rices.
Este argumento es fuerte y agudo;
tú imaginas ponerme cuernos; de obra
yo, porque lo imaginas, te desnudo.
Más cuerno es el que paga que el que cobra;
ergo, aquel que me paga, es el cornudo,
lo que de mi mujer a mí me sobra.
Francisco de Quevedo y Villegas escribía estas redondillas y las dejaba en sitios públicos -tabernas, iglesias- para que fueran leídos por el pueblo. Eso irritaba más a la corona que sus obras largas y profundas, por eso lo perseguía la mano castigadora del rey que era el conde-duque de Olivares, su verdugo, el que acortó su vida cuando lo encerró en la Torre de Juan Abad en pleno invierno. Quevedo sufría mucho el frío y allí enfermó de neumonía, muriendo poco después.
Rómulo Berruti